Mi obsesión con Dios y crear lo que no existe; siendo pasivo, un niño que creció. Soy una madre que une con sangre a personas muertas en mis brazos, con mis venas y arterias, con vomito y cabello, en pozos de leprosos y mendigos con bocas en su abdomen, hombres unidos a sus camas, postrados, con verrugas y sueños de lujuria.
El lodo y la hierba, los árboles muertos untados con semen...
Cuando quiero descansar empiezo a hacerlo, cuando el sueño me vence en la luz y no soporto su vacío, toda esa gente de mierda.
Los atajos al fondo de todo, con huellas de ruedas y pedazos de cráneos, están los ladrones escolares, los hijos de traficantes de vestidos, el olor a lluvia y sudor, no tengo miedo, soy un dios muerto, un dios que descansa y siente su risa, no hay más sacrificios, sólo mi mundo que huele a sexo y la lluvia, esa maldita lluvia y la neblina de colores, las casas de cartón, los pobres y enfermos, los huesos deformados que defecan formas que se arrastran, es el mundo que hice, en el que puedo matar pero no lo hago y me quedo como un niño que se enamora y monta bicicleta, saltando charcos de alquitrán, oliendo azufre... Huecos en donde se ve el infierno, gusanos con faldas y mallas negras. Mis hijos son más que él, no mueren por tres días, no ascienden y reinan para nunca ser vistos; se deforman más y gritan por mi sangre, mis venas inflamadas con líquido amarillo, como la piel de los que aman vivir en un lugar enfermo. Él me dice lo que tengo que decir y dice que es hermoso, que será real cuando ya no sea un niño, por un momento dejo de serlo y hago algo más, cuando los juguetes parecen transpirar y los actos orales... Hago que desaparezcan y tengo nuevos hijos, con nuevas heridas y uñas incrustadas en mi espalda...
Las puertas del infierno están en una iglesia y los fieles peregrinos trepan hacia el techo, con sus cuellos rotos, hablando con sus lenguas cortadas, maldiciéndome por traer un mundo más honesto, sin plástico ni extensiones, deformado y lleno de fluidos.
El lodo y la hierba, los árboles muertos untados con semen...
Cuando quiero descansar empiezo a hacerlo, cuando el sueño me vence en la luz y no soporto su vacío, toda esa gente de mierda.
Los atajos al fondo de todo, con huellas de ruedas y pedazos de cráneos, están los ladrones escolares, los hijos de traficantes de vestidos, el olor a lluvia y sudor, no tengo miedo, soy un dios muerto, un dios que descansa y siente su risa, no hay más sacrificios, sólo mi mundo que huele a sexo y la lluvia, esa maldita lluvia y la neblina de colores, las casas de cartón, los pobres y enfermos, los huesos deformados que defecan formas que se arrastran, es el mundo que hice, en el que puedo matar pero no lo hago y me quedo como un niño que se enamora y monta bicicleta, saltando charcos de alquitrán, oliendo azufre... Huecos en donde se ve el infierno, gusanos con faldas y mallas negras. Mis hijos son más que él, no mueren por tres días, no ascienden y reinan para nunca ser vistos; se deforman más y gritan por mi sangre, mis venas inflamadas con líquido amarillo, como la piel de los que aman vivir en un lugar enfermo. Él me dice lo que tengo que decir y dice que es hermoso, que será real cuando ya no sea un niño, por un momento dejo de serlo y hago algo más, cuando los juguetes parecen transpirar y los actos orales... Hago que desaparezcan y tengo nuevos hijos, con nuevas heridas y uñas incrustadas en mi espalda...
Las puertas del infierno están en una iglesia y los fieles peregrinos trepan hacia el techo, con sus cuellos rotos, hablando con sus lenguas cortadas, maldiciéndome por traer un mundo más honesto, sin plástico ni extensiones, deformado y lleno de fluidos.
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